
El período comprendido entre el 200 y el 600 d.C. es comúnmente denominado en la historiografía como Antigüedad Tardía, nombre con el que se pretende salvar el duro problema de clasificación que para la ciencia histórica representan esos siglos ubicados entre la Antigüedad clásica y la Edad Media, pero sin corresponder, sin embargo, exactamente a las características de ninguno de ellos. Es quizá por eso que han intrigado y atraído tanto a los historiadores. Las radicalmente diversas interpretaciones, clasificaciones, y valoraciones que ellos realizaron respecto de las problemáticas de estos 500 años, son una prueba más, si es que ésta es necesaria, de la irreductible complejidad de los procesos sociales que esos siglos albergaron, como así también de su riqueza y originalidad.
Con el renacimiento y su revalorización de la Antigüedad Clásica, se echaron las bases de una tradición historiográfica que conocería gran éxito y continuidad en los siglos posteriores, marcando las formas en que la Antigüedad tardía sería interpretada a partir de entonces. Para los humanistas del quattrocento, admiradores devotos de la República Romana, nada posterior al “Siglo de Augusto” o, en todo caso, al principado de los Antoninos merecía ser rescatado. El período que comenzaba con el siglo III era visto como el inicio de una acentuada decadencia que se generalizaba a todos los aspectos de la vida y la cultura, culminando en el derrumbe -por intermedio de los pueblos bárbaros- de un imperio ya largamente corrompido.
La Ilustración retomaría y potenciaría esta línea garantizando su continuidad en las obras de numerosos historiadores del siglo XVIII y XIX. Sería Montesquieu con su clásico opúsculo, Consideraciones acerca de las causas de la grandeza de los romanos y de su decadencia, quien otorgaría especial energía, atractivo y difusión a la tesis de la decadencia, que sería fervorosamente apoyada por un neoclasicismo en auge. Pero sería Edward Gibbon quien, retomando la premisa de Montesquieu, llevaría esta corriente a su máximo desarrollo. Con su monumental obra Decadencia y caída del Imperio Romano -trabajo gigantesco en volumen, erudición y argumentación- se consagraría la visión, no desprovista de cierto estilismo romántico, de una civilización avanzando hacia su inevitable ocaso por un camino de progresivo declive y corrupción. Para Gibbon la señal ineludible de la decadencia era el avance de la religión cristiana, que en su espíritu racionalista e ilustrado era el sinónimo de la barbarie.

De la numerosa lista de historiadores que han participado de esta renovación historiográfica, todavía parcial, me limito a señalar al destacado investigador francés H. I. Marrou, que como especialista en la Antigüedad Tardía y también en el agustinismo, dedicó grandes esfuerzos a combatir la parcial y errónea imagen de decadencia impuesta al mundo tardorromano. En sus propias palabras:
...la Antigüedad tardía no es solamente la última fase de un desarrollo continuo, sino otra Antigüedad, otra civilización, que hay que aprender a reconocer en su originalidad y a juzgar por sí misma y no a través de los cánones de anteriores edades


